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Los capítulos perdidos de Otra vuelta de Tuerca

Artículo escrito por Bridget.
Muchos eruditos (es decir, l@s ratoncill@s) han mantenido hace tiempo (por lo menos desde hace unas pocas semanas que lo que generalmente es considerado como el final de Otra vuelta de Tuerca no es, de hecho, tal, y que incluso James, desesperante como es, no dejaría al lector de manera tan abruptamente insatisfactoria.
Afortunadamente, investigaciones recientes han descubierto capítulos adicionales de la historia, autentificadas como trabajo original de James, que son presentadas aquí con la esperanza de apaciguar a los claramente enfadados lectores.
Otra Vuelta de Tuerca: Los Capítulos perdidos
XXV

Douglas, ignorando el grito ahogado de su audiencia embelesada, fijó silenciosamente su mirada un momento o dos más sobre las páginas doradas de las que había estado leyendo, bajando finalmente el álbum sobre sus rodillas con un además de ternura bastante contrario a las últimas palabras que le habíamos oído pronunciar.

“¡Qué espantoso!” exclamó una de las damas. “¡Imposible!” se burló otra. “¿Dice usted que fue contratada otra vez como institutriz? ¿Cómo pudo?” intervino una tercera y poco después todas estábamos reclamando saber si los fantasmas habían verdaderamente atormentado a los niños o si eran meras imaginaciones producidas por una mente delicada, por qué el niño había muerto, etc. Una buena señora expresó su convicción de que la niñera, asustada por las obligaciones a las que se había comprometido, no obstante fascinada por su patrón caballero, no pudo evitar crear tales fantasías y visiones. Otra insistió que simplemente se había vuelto loca, sin embargo otra que se refugiaba en sus visitantes fantasmales para huir las ocupaciones más mundanas de su posición. Entonces el torrente salido de todo el grupo se desbocó. Douglas visiblemente dolido con esta lluvia, levantó el manuscrito de su regazo, llamando al orden. “Veo que el relato les ha dejado insatisfechas”.

“Un momento,” exclamó una astuta joven. “Percibo que todavía hay más páginas en ese su álbum. ¡Seguro que el relato no puede terminar ahí!”.

“Ni lo hace,” replicó nuestro amigo. “Después de haber observado muy cuidadosamente este libro, usted debe seguramente ver el cambio de caligrafía que separan estos capítulos finales de los que acaba de oír.”“¡Ah!” gritó la citada dama. “¡Supongo que uno de esos fantasmas encontró su álbum e introdujo un final que le gustara!”

“No exactamente,” contestó Douglas sin alterar la voz. Sin embargo no añadiría nada más, obligándonos a prestar nuestros oídos equitativamente hasta el final de la historia, sin juzgarla hasta que hubiéramos escuchado todo."Nos sentamos pues otra vez para oír una vez más sus claros tonos ser testigos del extraño relato fluyendo de la mano de su autora.

XXVI

Apreté al pobre Miles apasionadamente contra mi pecho, cubriendo de besos el pequeño rostro que yacía ahora libre de peligro, acunando a mi ángel rescatado de la condenación certera que esperaba ese odioso miserable. Lloré, pero mis lágrimas eran de alivio, alivio porque estaba libre, porque la aparición diabólica no tenía ya recurso que no fuera renunciar a su macabro poder sobre el inocente que yacía tan mustio en mi regazo. Me mecí – nos mecí – febrilmente primero, con regocijo después, mientras llenaba el asfixiante salón con mis carcajadas.

Fue en ese momento que sentí los horribles dedos de Peter Quint sobre los míos, alejándome del mismísimo cuerpo de mi pequeña responsabilidad. Grité. El horror de su tacto, ¡esa presencia fantasmal! ¡No lo habrás de haber, bruto!” Grité.

No pude hacer nada. ¡Había perdido! Agarró mi hombro, tiró de mis manos, me arrojó a un lado para apropiarse de su pobre presa. Entonces un enjambre de todo tipo de figuras revoloteó por la habitación, repulsión y temor me debilitaron y perdí toda sensación.

XXVII

Horas pasaron, días, tal vez semanas. Ni lo sé ni puedo intentar adivinarlo. Cuando al fin abrí los ojos, renunciando a esa oscuridad placentera que da consuelo a aquellos que no pueden soportar el aspecto de la realidad que les persigue; estaba en una habitación desconocida donde yacía sobre una cómoda cama. Un hombre de pie estaba a mi lado, sonriéndome dulcemente. Pensé primero en mi patrón, venido él mismo a rescatarme de los horrores de Bly, pero al pestañear debido a los cálidos rayos de sol que bañaban mi rostro, me di cuenta de que no era así.

“Caballero, ¿quién es usted y cómo puede ser que esté en la habitación de una dama?” Dije glacial y arrogantemente.

“Tranquila, querida. Todo a su debido tiempo. Soy el Dr. Kraepelin.” Dijo haciendo una pequeña reverencia. Ha sufrido una crisis nerviosa y desde entonces es nuestro huésped.

“¿Su huesped?” Miré confundida alrededor de la habitación. Esta era sencilla, estaba incluso desnuda, aunque limpia y llena de luz. Una mujer vestida de blanco estaba en pie detrás del doctor, una amable sonrisa en su semblante. Por lo demás, estábamos solos.

“Como iba diciendo, usted sufrió una crisis nerviosa y fue trasladada a este sanatorio. Ha estado aquí desde entonces. Como verá, hemos estado cuidando de usted excelentemente.”

Apenas podía creer mis oídos. Mientras luchaba para dotar de sentido a sus palabras, los sucesos acontecidos recientemente comenzaron a materializarse de nuevo en mi mente, y mi corazón se estremeció.

“¡Miles! ¿Qué hay de Miles?” Estaba frenética.

“Está bien, pero no lo verá. Está con su tío en Londres.

Percibió la incredulidad, y más en mis ojos, pues se nublaban con sospecha y temor. En esto, reconocí el esfuerzo de mi tormento. El buen doctor intentó calmarme, así como su enfermera; pero no atendía a razones. Traté de huir de la cama, pero fui atrapada y sujetada fuertemente, entonces reconocí por un mero segundo el empalagoso olor del cloroformo antes de hundirme una vez más en la cama en estado insensible.

Durante los días y semanas que siguieron, el buen doctor intentó por todos los medios aclararme los sucesos que habían conducido mi presencia, en sus palabras, como su huésped. Mi querida amiga la Señora Grose, enviada a Londres con la pequeña Flora y rotundamente temiendo por mi cordura así como por la seguridad del infante al que no había tenido más remedio que dejar conmigo, había relatado la historia completa a nuestro patrón. Ese sensible hombre, impulsado por el estado de la pobre Flora y temiendo lo peor, dejó de lado sus asuntos para volar inmediatamente a Bly, irrumpiendo en la habitación para encontrarme agarrando al pequeño Miles por el cuello, ahogándolo, apretándolo contra mi cuerpo mientras el pobre insecto luchaba valientemente por su vida. La primera vez que el doctor me relató la historia me derrumbé, temblando, sobre un banco al lado del camino por el que paseábamos.

“¿Qué está diciendo? No puede querer decir que yo--…”

“Temo que sí.”

“¡Fue Peter Quint! ¡Estaba allí, me atacó,apartó mis dedos! ¡Oh! ¡Si pudiera olvidar su horrible tacto!”

El Dr. Kraepelin me aseguró con toda la solemnidad y severidad que la ocasión requería y muchas más después de esta, hablando sentados en su despacho o en nuestros paseos por los dominios del sanatorio, siempre con uno o dos asistentes a la vista, que efectivamente así era. Había estrangulado al pobre Miles, para ser alejada de su cuerpo casi sin vida por mi patrón, cuyos gritos pronto hicieron venir al cochero, la criada y todo tipo de gente en su ayuda. Apenas me habían alejado del infante cuando grité incoherentemente y caí al suelo sin sentido.

Estos fueron los hechos sobre los que mi interlocutor insistió delicadamente cada vez que conversamos. Comencé a dudar de mi misma poco a poco, aunque todavía protestaba.

“Si es como usted dice, ¿cómo pude pues describir a Peter Quint con tal detalle? Pregunte a la Sra. Grose; ciertamente ella le dirá que presenté ante ella todo el detalle de su persona ¡antes incluso de que me dijera su nombre! Y a menudo hablamos de los niños y de estos horrores. ¡Lo sabía y lo vio! ¡Estaba de acuerdo conmigo en cada paso!”

El doctor me aclaró, y tuve que admitir la verdad en ello, que simplemente había visto una fotografía de Peter Quint con Miles en los aposentos del muchacho cuando Flora y yo recorrimos la mansión en aquel mi primer día de trabajo. Había visto la foto y, aún tal vez no en mis pensamientos conscientes, la retuve como la base de mis errores. No había conocido un retrato semejante de la señorita Jessel. Ahora caía por primera vez en que tampoco recordaba detalles en mi descripción de ella. Simplemente la había imaginado en su traje oscuro, con su aspecto afligido, sin especificaciones; pues nunca había visto a la dama en cuestión. El doctor me explicó igualmente que mis conversaciones con la señora Grose no fueron acaso tal como yo las había recordado entonces, bajo la tensión de mi condición. Más bien ella no había sabido cómo responder a mis declaraciones crípticas, mis divagaciones. Así, había dicho poco. Fui yo la que dotó sus frases de los sentidos que yo requería, retorciéndolos, así como aquellos de mis interlocutores, para ajustarlas a mis engaños.Me estremecí de horror pensando sobre lo que casi había hecho, lo que había hecho.

“¿Cómo puede ser lo que usted dice verdad? ¿Soy un monstruo?”

“¿Confiará en mí?” preguntó. Asentí calladamente. Fue en ese momento que el doctor me relató algunas observaciones acerca de mi persona sobre las que, de otro modo, hubiera permanecido en la ignorancia. Los raptos gloriosos de éxtasis que me llenaban de júbilo, así como las inmersiones en la tristeza sin fin que había sufrido desde mi niñez, las describió con un detalle tal de exquisitez que su perspicacia me asombró. Existía un nombre para estos ciclos de manía y melancolía, afirmó, y una cura también. Las pequeñas píldoras que había estado tomando diariamente con el desayuno ayudarían. Me maravilló que ya el timón de mi barco parecía más firme, aunque mis manos temblaran a veces – tiemblan al escribir estas palabras – y mi naturaleza parecía más débil.Mis irresistibles pensamientos de peligro hacia mí y hacia los niños, los mismísimos fantasmas, todas las cosas que me parecían tan reales en aquel tiempo y tan distantes ahora, esas cosas el doctor dijo que eran manifestaciones de otra enfermedad, una demencia la llamó, de la que no podía ser curada pero que podía, con atención, ser controlada. Un tal control era mejor asumido, dijo, bajo condiciones normales, en mi ambiente natural, conmigo comprometida en una ocupación apropiada. Bajo tales circunstancias, lo que definió como mi desprendimiento de la realidad podía ser reducido de tal manera que poco rastro quedaría.

Así he escrito el final de esta historia aquí, en el sanatorio. Estoy mejor ahora. Dejaré este lugar tras el desayuno con la primera diligencia, continuando no sólo hacia Londres sino hacia mi futuro, uno más sobrio, sí, pero uno de felicidad también, tal es mi esperanza. El doctor dice que si continúo tomando mis píldoras fielmente, puedo conocer la paz y la felicidad. Nadie necesita saber de mi pasado. No buscaré a Miles, Flora o a la Sra. Grose, no, ni siquiera a mi antiguo patrón. En lugar, comenzaré de nuevo y, tal vez, algún día, encontraré el amor otra vez.

Notas

Jean-Pierre Falret, psiquiatra francés, fue el primero en reconocer los síntomas clásicos del desorden bipolar afectivo, acuñando el término folie circulaire (locura cíclica) en 1854.
Emil Kraepelin, psiquiatra alemán de finales del siglo XIX, considerado como el fundador de la psicofarmacología y la ciencia psiquiátrica contemporánea. En la década de 1890, Kraepelin fue el primero en dividir la psicosis en maniaco - depresiva y demencia precoz (alucinaciones, paranoia o ilusiones bizarras, habla y pensamientos desorganizados, lo que más tarde se llamaría esquizofrenia), que normalmente se manifiesta en la juventud temprana. Kraepelin subdividió más tarde la demencia precoz en cuatro tipos, incluyendo el estado paranoico, del que la institutriz podía estar sufriendo. De todas maneras, el tratamiento de la enfermedad y el punto de vista optimista de los capítulos son más representativos del sucesor de Kraepelin, el psiquiatra suizo Eugen Bleuler.

Lithium, descubierto en 1817, fue reconocido como un estabilizador del estado de ánimo a finales de la década de 1800, entre los efectos secundarios conocidos están el temblor de las manos, náuseas y dolores de cabeza. Una o dos semanas de tratamiento son necesarias antes de que el litio tenga los efectos deseados.

VERSIÓN ORIGINAL
Many learned scholars (in other words, l@s ratoncill@s) have long maintained (for at least a few weeks now) that what is generally considered to be the ending of The Turn of the Screw is, in fact, no such thing, and that even James, exasperating as he is, would not leave the reader in such an unsatisfactorily abrupt manner.
Fortunately, recent research has unearthed additional chapters of the story, authenticated as James’ original work, which are presented here in the hopes of settling down a rather annoyed readership.
The Turn of the Screw: The Lost Chapters
XXV
Douglas, heedless of the gasps from his rapt audience, stared fixedly in silence a moment or two longer at the gilt-edged pages from which he had been reading, finally lowering the album to his lap with an air of tenderness quite at odds with the last words we had heard him utter.
“But how dreadful!” exclaimed one of the ladies. “Impossible!” scoffed another. “And you said she was engaged again as a governess? How could she be?” chimed in a third, and presently we were all clamoring to know whether the ghosts had truly tormented the children or if they were mere flights of fancy produced by a delicate mind, why the child had perished, and so forth. One good lady professed her conviction that the governess, frightened of the duties to which she had committed herself yet fascinated by her gentleman employer, could not help but create such visions and fantasies. Another insisted that she had simply gone mad, yet another that she dwelt upon her ghostly visitors in order to flee the more mundane matters of her position. And then a torrent broke loose from all the company.
Douglas visibly winced at this outpouring and raised the manuscript from his lap, calling for order. “I see that the story has left you unsatisfied.”
“But wait,” exclaimed one astute young lady. “I notice there are still more pages in that album of yours. Surely the story can’t end there!”
“Nor does it,” our friend rejoined. “Having observed so carefully this book, you must surely see the change in handwriting setting apart these final chapters from those you have just heard.”
“Oho!” cried the lady in question. “I suppose one of those ghosts has got hold of your album and written in the ending it likes!”
“Not so,” answered Douglas evenly, but he would say no more, bidding us listen in fairness to the ending of the tale, not passing judgment until we should have heard all.
And so we settled down again to listen to his clear tones once more bear witness to the strange tale flowing from its author’s hand.
XXVI
I clutched poor Miles passionately to my breast, covering with kisses the little face that now lay free from harm, cradling my angel rescued from the certain damnation that awaited that hideous wretch. I wept, but my cries were of relief, relief that he was delivered, that the hellish apparition had no recourse now but to renounce his ghoulish hold on the innocent who lay so limply in my lap. I rocked -- we rocked -- feverishly, then with glee as I filled the ponderous hall with my laughter.
It was then that I felt the awful fingers of Peter Quint upon my own, prying me away from the very body of my little charge. I screamed. The horror of his touch, that ghastly presence! “You shan’t have him, you brute!” I cried.
But I could do nothing. I had lost! He grasped at my shoulders, he tore at my hands, he threw me aside to get at his miserable prey. Then all manner of figures swarmed about the room, repulsion and fear rendered me faint, and I became senseless.
XXVII
Hours passed, days, perhaps weeks. I do not know and cannot venture to guess. When I at last opened my eyes, renouncing that pleasurable darkness which gives comfort to those who cannot bear that aspect of their reality which persecutes them, it was to an unfamiliar room where I lay on a comfortable bed. A man stood at my side, gently smiling down at me. I thought at first it was my employer, come himself to rescue me from the horrors of Bly, but as I blinked in the rays of the warm sunshine which fell upon my face, I realized it was not so.
“Sir, who are you and how is it that you have come into a lady’s chamber?” I was frosty, haughty.
“Calmly, my dear. All in due time. I am Dr. Kraepelin.” At this he made a small bow. “You suffered a breakdown and have since then been our guest.”
“Your guest?” I looked around the room in confusion. It was a simple room, even bare, though clean and sun-filled. A woman in white stood behind the doctor, a kind smile on her countenance. Otherwise, we were quite alone.
“As I said, you suffered a breakdown and were brought to this sanitarium where you have been ever since. As you will see, we have been taking excellent care of you.”
I could scarcely credit my ears. As I struggled to make sense of his words, the events recently passed began to take form once again in my mind, and my heart sickened.
“But Miles! What of Miles?” I was frantic.
“He is fine, but you will not see him. He is with his uncle in London.”
He saw the disbelief and more in my eyes as they clouded over with suspicion and fear. I recognized the work of my nemesis in this. The good doctor attempted to soothe me, his nurse as well, but I would not hear of it. I attempted to flee the bed, but I was caught and held in an iron grip, then I had but a second to recognize the sickly smell of chloroform before I sank once more to the bed in a senseless state.
XXVIII
In the days and weeks that followed, the good doctor endeavored to explain to me the events that had led to my presence as, as he put it, his guest. My dear friend Mrs. Grose, dispatched to London with little Flora, and roundly fearing for my sanity as well as for the safety of the child she had had no recourse but to leave with me, had related the entire story to our mutual employer. That good man, propelled by the state of poor Flora and fearing the worst, set aside his business and flew at once to Bly, bursting into the room only to find me grasping little Miles round the neck, choking him, smothering him against my body while the poor mite fought bravely for life itself.
The first time the doctor related this history to me, I sank, trembling, upon a bench along the path where we walked. “What are you saying? You can’t mean that I--….”
“I am afraid so.”
“But it was Peter Quint! He was there, he set upon me, he pried away my fingers! Oh, that I could forget his awful touch!”
But Dr. Kraepelin assured me with due solemnity and sternness on this occasion and on many after it, as we sat talking in his office or on our walks about the property of the sanitarium, always with an attendant or two in sight, that indeed it was so. I had choked poor Miles, then been pulled away from his nearly lifeless body by my employer, whose shouts soon brought the coachman, the maid and all manner of people to help. They had scarcely pulled me away from the child when I cried out incoherently and fell senseless to the floor.
As these were the facts upon which my interlocutor gently insisted each time we conversed, I began little by little to doubt myself, though still I protested.
“If it is as you say, how came I then to describe Peter Quint in such detail? Ask Mrs. Grose; she will certainly tell you that I put before her every detail of his person before she so much as told me his name! And we spoke often of the children and of these horrors. She knew and she saw! She agreed with me at every pass!”
But the doctor explained, and I saw myself bound to admit the truth of it, that I had merely seen a photograph of Peter Quint with Miles in the boy’s bedchamber as Flora and I roamed the great house on that first day of my employment. I had seen the picture and, though perhaps not in my conscious thoughts, retained it as the foundation for my delusions. I had seen no such portrait of Miss Jessel, and now I saw for the first time that neither did I have memory of details in my descriptions of her. I had simply envisioned her dark clothes, her mournful aspect, without specificity for I had never seen the lady in question. The doctor put it to me as well that my conversations with Mrs. Grose were perhaps not as I had imagined them then, under the stress of my condition, but rather that she had not known how to respond to my cryptic statements, my ramblings, and so had said little. It was I who had infused her sentences with the meanings which I required, twisting them, indeed those of all my interlocutors, to suit my delusions.
I shuddered with horror to think of what I had nearly done, what I had done. “How can what you say be true? Am I a monster?”
“Will you trust me?” he asked. I nodded my assent mutely. It was at this point that the doctor related to me some observations about myself of which I otherwise should have remained ignorant. The rapturous heights of glory which swept me away in delight as well as the immersions in boundless depths of gloom to which I had been subject since my girlhood, these he described in detail so exquisite that I wondered at his insight. There was a name for these cycles of mania and melancholy, he said, and a remedy as well. The small pills which I had been taking daily at breakfast would help. I marveled that already the helm of my ship seemed steadier, though my hands shook at times – they shake in writing these words – and my constitution seemed weaker.
My compelling thoughts of danger to myself and the children, the very ghosts themselves, all the things which seemed so real at the time and so very distant to me now, these things the doctor told me were manifestations of another illness, a dementia he called it, of which I could not be cured but which could, with care, be managed. Such management was best undertaken, he said, under normal conditions, in my natural surroundings, with myself engaged in an appropriate occupation. Under such circumstances, what he termed my detachment from reality could be lessened to such a degree that little vestige might remain.
And so I have written the ending to this tale here, at the sanitarium. I am better now. I shall leave this place after breakfast by the first coach, setting forth not only to London but to my future, a more sober one, yes, but one of joy as well, for that is my hope. The doctor says that if I continue to take my pills faithfully, I can yet know peace and joy. None need know of my past. I shall not seek out Miles nor Flora nor Mrs. Grose, no, not even my former employer. Instead, I shall begin anew, and perhaps someday find love again.
Notes
Jean-Pierre Falret, a French psychiatrist, was the first to recognize the classic symptoms of bipolar affective disorder, coining the term folie circulaire (cyclical madness) in 1854.
Emil Kraepelin, a German psychiatrist of the late 19th century, is considered the founder of both contemporary scientific psychiatry and psychopharmacology. In the 1890s, Kraepelin was the first to divide psychosis into manic depressive and dementia praecox (dementia of early onset -- the hallucinations, paranoid or bizarre delusions, and disorganized speech and thinking of what would come to be called schizophrenia), which typically manifests first during early adulthood. Kraepelin later subdivided dementia praecox into four types, including the paranoid stage, from which the governess may have been suffering. The method of treatment of the illness and the optimistic outlook of the chapter, however, are more representative of Kraepelin’s successor, Swiss psychiatrist Eugen Bleuler.
Lithium, discovered in 1817, was a recognized mood stabilizer by the late 1800s; among its known side effects were fine hand tremor, nausea, and headaches. One to two weeks of treatment are generally required before lithium has the desired effect.

Música de Otra Vuelta de Tuerca


1ª Semana:Extracto de la ópera, La vuelta de Tuerca, Benjamin Britten

2ª Semana: Sinfonía de los juguetes, Leopold Mozart

3ª Semana: Tocata y fuga en re menor, J. S. Bach

Otra vuelta de Tuerca, fin y conclusiones


¡Qué decepción! Estoy muy enfandada con Henry James. Dejó el relato a medio hacer. Será que se cansó de la historia. Pero voy a comenzar por el principio.

¿Creo que hay fantasmas o son imaginaciones de la institutriz? Esta es una pregunta de difícil respuesta.

Por un lado, como ya hemos establecido, sabemos que la institutriz tiene un carácter inestable e histérico y una imaginación de lo más fértil. Es una joven inexperta bajo una gran impresión. Está transtornada por el peso de la responsabilidad de estar al frente de una gran casa con dos niños a su cargo. ¿Por qué está impresionada? Por el señor de la casa, por las muertes acaecidas, por la imposición de no dar noticias, por la riqueza del lugar... Total, que no da la talla.

La sra. Grose es una aldeana analfabeta que fomenta la imaginación fértil de la institutriz hablando de lo terrible que era la anterior y confirmando que los niños son o pueden ser "malos", y que se deja arrastrar por los delirios de la mujer al cargo de todo. Es lógico en la época. Los escalafones sociales eran aceptados sin rechistar. Esto resulta en una espiral del absurdo.

Donde nuestra heroína ve complots y peligros de los fantasmas que quieren acabar con sus pupilos yo veo travesuras de los niños de lo más normal. Pienso que quieren llamar la atención de su adulto responsable. Miles quiere ir a la escuela y está bastante escamado con la actitud de nuestra señorita. Los niños, como ya he dicho, son pequeños pero no son tontos. Además tienen un sexto sentido para las situaciones tirantes. Cuando ven que sus intentos no provocan la reacción buscada, sino más bien el nerviosismo de la insti, actúan como si nada hubiera pasado: no quieren soliviantar a su profe. Todo muy normal.

Pero también tenemos elementos sospechosos y preocupantes:
  • Nuestra institutriz ve a Quint, al que no conocía. Esto no es normal. Las siguientes apariciones sólo son percibidas y vistas por ella, pero esa primera, aún estando sola y sin conocer al sujeto, es capaz de describírselo con pelos y señales.
  • El tío de los niños estuvo en la casa cuidando de ellos un tiempo. Luego se marcha y no quiere saber nada del asunto.
  • La muerte de la stra. Jessel y Quint, en circunstancias inexplicables.
  • Miles que no se acuerda de por qué lo echaron del internado.
Inquietante.

De repente, el desenlace. No hay por dónde cogerlo. A Flora se la llevan, no sabemos dónde y Miles...el pobre pasa a mejor vida. Así, sin más. Sin síntomas. Sin enfermedades. Fin.

Por eso estoy enfadada. Creo que este relato tenía más recorrido, pero pienso que Henry se cansó de su institutriz. O tal vez este era su objetivos, dejarnos en un mar de dudas. En ese caso el relato es un éxito. En fin que habrá que poner la imaginación a trabajar...

Otra vuelta de Tuerca, reflexiones de Bridget

Artículo escrito por Bridget

Nuestra heroína (en cierto modo) sigue con su melodrama y nos lleva con ella en la montaña rusa de su vida.

A finales del capítulo VII, los niños “están perdidos”.

A finales del VIII, la institutriz dice que mientras no haya pruebas, no acusa a nadie… a pesar de haber pasado la mayoría de los capítulos anteriores lanzando acusaciones y sacando conclusiones precipitadas.

Y ahora que estamos en el IX – XVI, a ver qué pasa. Una noche, cree con todo el corazón -- sin pruebas-- que Flora está cara a cara con la Srta. Jessel. Es la segunda vez que ha pasado, y la segunda vez que la institutriz no le pregunta si es verdad porque, se supone, —sin pruebas-- que mentirá. Esta vez se decide a ver por sí misma… pero desde otra ventana, evitando ser directa, como de siempre. Se le ocurre ver si Miles está en la ventana también, pero decide que no, que “el riesgo es horrible.” Yo creo que el riesgo es, en realidad, el descubrir que no hay nada dramático, que todo está más o menos como debe estar o por lo menos que el elemento sobrenatural existe más en su mente que en la realidad de su vida aislada en Bly. Una y otra vez, evita la comunicación directa y prefiere sus suposiciones. Es algo que todos hacemos de vez en cuando, especialmente de niños, cuando las fantasías nos llevan por las nubes y nos olvidamos de las partes de la realidad que no nos gustan a favor de la vida que nos interesa más. Pero en una mujer de 20 años encargada de dos niños no debe permitirse andar tanto donde la fantasía la atraiga. E incluso si aceptamos que los fantasmas sí existen y que sí se comunican con los niños, ¿por qué suponer que les quieren destruir? Por qué les da permiso para seguir con las fantasías y el melodrama….? Sigue lanzando acusaciones sin pruebas -- que la belleza y bondad de los niños son un juego, una táctica y un fraude, que los fantasmas ahora se reúnen con los niños en forma invisible, que se le echó a Miles del colegio por ser malvado - y acaba mintiendo. Dice que la Srta. Jessel ha confirmado que sufre los tormentos de los condenados y que quiere que Flora los comparta con ella, aunque el capítulo anterior deja claro que la conversación no ocurrió. Puede que la institutriz llega a creer sus propias invenciones, pero de todos modos, creo que le sirve para motivar a la Sra. Grose a ayudarle y participar en sus fantasías, tal como un niño haría para favorecer el mundo que ha inventado. Me es interesante que la institutriz se siente tan impotente con Miles. ¿Será que el miedo que tenía de los fantasmas se ha transferido a los niños, y más a Miles porque es él quien amenaza más la fantasía? Ya veremos….

Otra vuelta de Tuerca. 2ª Semana

¡Con lo sencillo que es hablar las cosas! Me parece que esta chica, nuestra institutriz, no está a la altura de las circunstancias. Ella lo intenta, pero no, no llega. Hoy en día la llamaríamos Antoñita la fantástica. En este relato, el terror no nos viene de la historia misma, por muy terrible que sea, sino porque nos muestra lo contraproducente que puede llegar a ser, mejor dicho que es no exponer tus pensamientos, sospechas, temores, incertidumbres y de más familia abiertamente. No perdir ayuda. Funcionar a base de sobreentendidos, en román paladino. Es que me dan ganas de gritarle que reaccione, que reflexione. Claro, no me oye.

Otro tema importante son las prioridades. Parece que nuestra heroína invierte toda su energía tan sólo en solucionar un problema (sospecho que creado por ella misma), el de las apariciones. Entonces, la expulsión de Miles de su colegio, la búsqueda de una solución a este problema real y verdaderamente urgente queda olvidado y relegado. Es el propio niño, que es un niño pero no es tonto, el que le exige una solución.

Incluso admitiendo la existencia de fantasmas. ¿No hubiera sido más lógico leer lo que la srta. Jessel ha escrito? O sea, que no querer confrontarse a la búsqueda de un colegio para el niño es un asunto tan imposible de solucionar que la institutriz está dispuesta a huir; pero en ese instante el tropezar con una aparición no la hace salir despavorida, con lo puesto como quien dice, sino ¡que le hace cambiar de opinión! Debe ser el poder de la mente. ¿Habrá su mente producido el episodio con la aparición de su predecesora como excusa para no marcharse?

Que me aspen si lo entiendo.

Otra vuelta de Tuerca. 1ª Semana

¡Aquí estoy! Siento el retraso. Pensaba que ésta era una historia de terror. Bien, pues estaba equivocada. Se trata más bien de suspense. Al menos por ahora. Sea como sea, Bridget me ha mandado un gusanillo de curiosidad: Bridget, ha llegado bien y la treta ha funcionado.

La lectura de los primeros ocho capítulos de esta obra me han provocado varios pensamientos. A ver si soy capaz de plasmarlos de manera coherente.

Lo primero que me vino a la mente tras leer la introducción es que aunque la historia nos es leída por un hombre, Douglas, es el relato de una mujer, desde su punto de vista femenino. Muy Henry James, pensé. Las obras que conozco de este autor (tampoco es que sean tantas, no soy erudita ni mucho menos) tienen protagonistas femeninas. Él es capaz de meterse en la cabeza y el corazón de una mujer. Sabe cómo sentimos y padecemos las mujeres. Me resulta creíble la institutriz, nuestra heroína.

Seguidamente, me he sentido identificada con la protagonista. No la puedo nombrar, pues su nombre nos permanece desconocido. Me he visto de nuevo, apenas con veinte años en el tren que me llevó por primera vez a Alemania a hacer un curso de verano. ¡Qué miedo pasé! ¡Qué dudas tremendas sufrí! Se puede afirmar que durante el trayecto y hasta que llegué a mi destino estaba desquiciada. No entendía nada, iba totalmente sola a un mundo desconocido. Realmente tuve ganas de gritar ¡paren que yo me bajo! A esa edad se toman decisiones sin sopesar las consecuencias, sin tener en cuenta el sentido común. Con el corazón. Sin informarse. Luego, cuando una está frente a los hechos, vienen las dudas y los temores. Supongo que con la edad se va perdiendo la impulsividad (bueno, yo sigo siendo bastante "viva la vida", pero esa es otra historia). Y, también frente a los hechos y dependiendo de su carácter, debe uno dar la talla, rise to the ocassion que se dice en inglés. Como nuestra impresionable institutriz.

Me gusta mucho el estilo literario de Henry James, es pastoso y fluido a la vez. Como miel templada goteando lentamente. La manera que tiene de describir los escenarios, las emociones, los caracteres. Teniendo en cuenta lo breve del relato, cada capítulo son apenas unas hojas, la información de que disponemos es amplia. Es la antítesis de los bestsellers actuales, en los que las descripciones interminables se extienden por páginas y capítulos... para decir nada.

Leer este extracto me ha hecho caer en la cuenta cuán importantes son las primeras impresiones y cuán letal es dejarse llevar por ellas. Parece que la protagonista se mueve a golpe de primera impresión: siente amor a primera vista por el caballero que la contrata, los niños son tan guapos que no pueden ser malvados, Ms. Gose es sólida por lo tanto sincera... A la par que el poder de la mente se nos hace patente. Nuestra heroína, de manera deliberada, rechaza los detalles pertubadores y elige no percibir las señales de que algo no encaja desde el principio mismo de la novela. Decide concentrarse en lo positivo, para problemas los que tienen en su casa paterna.

Y al final de este fragmento cabe preguntarse, ¿es posible? ¿puede ser cierto que haya fantasmas? ¿fantasmas malvados? o por el contrario son todo imaginaciones de nuestra institutriz impresionable, inexperta, impulsiva...histérica. Esto está por ver.

Tal vez en los próximos capítulos lo sabremos.

Otra vuelta de Tuerca, Henry James nos ha dado una historia dentro de otra

Artículo escrito por Bridget

Como parece que Prunus tampoco se anima, Prunus ¿dónde estás?, ¡manifiéstate!; Bridget ha sido tan amable de escribir este artículo sobre los primeros 8 capítulos. Gracias, Bridget:

Al escuchar una historia de fantasmas, la audiencia se pone de acuerdo de que el hecho de que el fantasma se le apareció a un niño da una vuelta de tuerca al cuento. ¿Y si son dos fantasmas que aparecen a dos niños? Pues otra vuelta de tuerca. Y así es la historia que se nos cuenta. Un personaje sólido y serio lee de los papeles de su vieja amiga lo que le pasó en las propias palabras de ella… lo cual significa que igual que en Drácula, no hay un narrador omnisciente, pero en contraste, sólo hay un punto de vista, él de la institutriz misma. La cuestión, entonces, es si es una narradora fiable, y realmente no lo sé. Es una joven de apenas 20 años, en su primer trabajo, contratada como institutriz de dos niños por el tío de ellos, un hombre que estipula una cosa rara: que no se comunique con él. Y ella, sin pensarlo demasiado, se pone de acuerdo y se va.

Desde el principio, es melodramática, vacila entre extremos, no parece haber oído de la moderación: La niña es un ángel… una mentirosa horrífica… El niño es un monstruo… divino… horrible… un angelito… La Sra. Grose es su única amiga… sospechosa… una maravilla… misteriosa…. Describe a los niños y sus días juntos de una manera muy apasionada, o está en las
alturas de la gloria o en lo más hondo de la desesperación. En inglés decimos que esta clase de persona nos da un “latigazo cervical”, de tanto va y viene, sí y no, adelante y atrás, etc.

Y hay una falta de comunicación muy rara que empieza con la condición estipulada por el tío pero que se extiende por todos los capítulos de esta semana. Nadie habla (de lo importante) con nadie. La institutriz decide que el niño es tan bello y tan fino que ni va tomar la molestia de preguntarle qué pasó en la escuela. (Me cuesta imaginar que mi madre habría hecho lo mismo si me hubieron echado de mi escuela.) Ve a un desconocido en la torre y no lo menciona a la Sra. Grose.

Acusa a los niños de saber más de la situación de lo que admiten, pero se lo dice a la Sra. Grose y no les pregunta nada a los niños. Los niños por su parte no mencionan nada sobre los fantasmas a la institutriz. Esta no puede comunicar con el tío de los niños y sus comunicaciones con la Sra. Grose están llenas de conclusiones precipitadas. Supone que los niños mentirán (aunque hace poco les consideraba angelitos incapaces de hacer nada malo), supone que el fantasma de Peter Quint está buscando a Miles, supone que el otro fantasma es la Srta. Jessel... todo sin evidencia, conclusiones precipitadas.

Realmente me da un latigazo cervical.

Otra Vuelta de Tuerca, Henry James

Nuestro segundo reto, mejor debería decir, vuestro segundo reto, ratoncill@s. Este libro lo voy a dejar en manos de Prunus.

Mis nervios son delicados y mi mente impresionable, no puedo leer este tipo de libros. No sería capaz de dormir. Necesito ocho horas de sueño diario para estar estupenda y, más importante aún, para no morder al que se me ponga delante. Imprescindible para la convivencia.

Os seguiré de cerca. Si alguien quiere sugerir música, recetas, películas, o lo que sea, podéis contar con mi ayuda. Me mandáis un correo y yo me encargo.

¡Qué os divirtáis!